LA PELUQUERIA DEL TERROR


 


Ayer, por primera vez en casi doce años, me animé a llevar a Martín a la peluquería. Cortarle el pelo siempre ha requerido más planificación que un matrimonio lujoso y suele dejarme la espalda más destruida que la de un antiguo esclavo griego.

Así fue como, con cierta timidez, me acerqué a la peluquería más cercana, donde el peluquero —un señor con más calle que alegría— me aseguró que no tenía inconveniente en atender al angelito, a quien describí como "un poco inquieto". Admito mi falta de honestidad, pues en mi estándar de infinita tolerancia, “un poco inquieto” es igual o peor que un demonio de Tasmania con brote psicótico.

La estrategia consistía en mostrarle a Martín cómo Matías, el ser humano más educado y tranquilo del barrio, quien, pese a no estar feliz con la mutilación de su melena vagabunda, se sometía al procedimiento con santa paciencia. Mientras tanto, yo le susurraba al chino loco con todos los métodos persuasivos conocidos por la humanidad:
“Mira cómo tu hermanito se queda tranquilito. Te vas a portar bien, ¿verdad? Si tú eres un nene grande que se porta bien. Vas a quedar hermoso y va a ser rápido. ¿Quién es el nene hermoso de mamá?”

Martín, obviamente, sabe que él es el nene hermoso de mamá, aunque queme una iglesia.

La cosa pintó mal desde el principio. Martín se puso nervioso apenas lo sentamos en el sillón y ya no quiso ponerse la bata. El peluquero encendió la rasuradora —ni hablar de hacer un corte con estilo; con tal de sacarle las mechas de los ojos yo quedaba contenta— y la guerra comenzó.

Martín se defendió a manotazos, sacudiendo la cabeza, tirando de la ropa del peluquero y gritando como si lo estuvieran torturando. Yo sujeté con fuerza sus hombros y sus manos, mientras el señor tomó con firmeza su cabeza y maniobraba la máquina con extraordinaria experticia. La bata saltó por los aires mientras los mechones de pelo volaban por todos lados.

Debo destacar el profesionalismo del señor: tuvo la entereza de cuidar los detalles y no dejar ningún cabello fuera de lugar. Muy callado y concentrado, no emitió ni una palabra ni una queja, ni siquiera cuando el pequeño demonio logró acertarle un par de patadas en el torso.

Fueron unos diez minutos de quilombo. Tras los cuales emergió un Martín muy peinado, muy moquillento y muy, pero muy frustrado. El peluquero tampoco hizo ningún comentario y, con el mismo estoicismo, recibió la exigua retribución económica con la que traté de resarcir tanto maltrato.

Después de semejante experiencia, solo quedaba hacer lo único sensato: ir a comprar cosas ricas para la merienda y consolar a mi nene mágico, que rumiaba su derrota sentado, muy cómodo, en el carro de supermercado.

Comentarios

Entradas más populares de este blog

EL FÁCIL CAMINO DEL RESENTIMIENTO

EL INICIO DEL MALTRATO ES LA FALTA DE ATENCIÓN