LA PELUQUERIA DEL TERROR
Ayer, por primera vez en casi doce años, me animé a llevar a Martín a la peluquería. Cortarle el pelo siempre ha requerido más planificación que un matrimonio lujoso y suele dejarme la espalda más destruida que la de un antiguo esclavo griego. Así fue como, con cierta timidez, me acerqué a la peluquería más cercana, donde el peluquero —un señor con más calle que alegría— me aseguró que no tenía inconveniente en atender al angelito, a quien describí como "un poco inquieto". Admito mi falta de honestidad, pues en mi estándar de infinita tolerancia, “un poco inquieto” es igual o peor que un demonio de Tasmania con brote psicótico. La estrategia consistía en mostrarle a Martín cómo Matías, el ser humano más educado y tranquilo del barrio, quien, pese a no estar feliz con la mutilación de su melena vagabunda, se sometía al procedimiento con santa paciencia. Mientras tanto, yo le susurraba al chino loco con todos los métodos persuasivos conocidos por la humanidad: “Mira cómo tu ...