EL INICIO DEL MALTRATO ES LA FALTA DE ATENCIÓN
Martín, mi hijo mayor, tiene Síndrome de Down. Por eso, pese a sus once años, tiene la madurez de un niño de dos o tres años. Eso conlleva a muchas dificultades en el día a día. Él es ruidoso. No obedece instrucciones simples. No se concentra en actividades lúdicas, no se comunica y un largo etcétera de dificultades.
Yo lo amo intensa, apasionada e incondicionalmente.
Es cierto que soy su madre. Amarlo es como la condición mínima al tener un hijo.
Hoy, a la hora de almuerzo, estábamos mi sobrino de diecinueve, Matías de diez años y yo. Entre un tema y otro de conversación, el diálogo se desarrolló así:
Sobrino: - (Martín) Tiene cara de rana, como los ojos saltones.
Yo: - De dónde sacas eso, tiene los ojos achinados, no saltones.
Sobrino: - Para mí los tiene saltones - (aquí enumeró un par de defectos más).
Yo: (Considerando que además estaba mi otro hijo y que es preciso darle un buen ejemplo) - Es hermoso. Tiene su carita particular, pero es hermoso.
Sobrino: - Lo dice porque es su amor de madre que le altera la realidad… pero es así o asá.
En un parpadeo pude ver toda una tendencia discriminatoria en la línea de pensamiento del muchacho. Me di cuenta lo naturalizado que tenía esa forma de interacción. Degradación, discriminación, desconsideración. También pude imaginar o anticipar que ese tipo de relación se enquistaría de manera tal que hoy es decirle feo, mañana darle palmadas por tonto, pasado dejarlo en un rincón y así hasta terminar en un estado miserable de maltrato e indefensión. Al mismo tiempo pude ver que no es personal, sino una forma inconsciente de relación. Que él, mi sobrino, ni siquiera se daba cuenta las semillas que estaba plantando.
Toda situación es consecuencia de una cadena acciones previas que hemos impulsado, la mayoría de la veces, sin intención maliciosa, pero que dicha malicia está naturalizada culturalmente, en las relaciones interpersonales del día a día. Que el trato diario está envenenado.
En ese momento mi acción fue simple, pregunté por qué Martín debía recibir ese trato degradante en su casa. Mi sobrino, sin entender nada, repitió que yo lo defiendo porque soy su madre y por eso lo encuentro lindo. Como si eso fuera un problema de percepción enfermiza. Le dije que, por ser su madre, estoy atenta a que Martín no debe recibir ese tipo de trato y de comentarios en su casa. Ya bastante discriminación y abuso existe en la calle. Lo dije en un tono serio, seco y contundente. Marcando el límite. Mi sobrino, que no es es una mala persona ni tampoco es estúpido, comprendió y se detuvo. La cosa quedó de ese tamaño. No es necesario ni sermonear, ni maltratar al otro con lecciones morales sin sentido.
Sin embargo, me quedó dando vueltas ese breve intercambio:
¿Cómo nos estamos relacionando íntimamente?
¿Cuánta crueldad aceptamos como normal?
¿Cómo nos afecta en nuestra autoestima, psiquismo y salud individual y social?
Bueno. Esas preguntas buscaremos la forma de responderlas paso a paso.
Abrazos y mucho afecto.
Gracias por leerme.

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